Anita tiene quince años y una extraña presencia. Extraña
porque está. Siempre está. Allí, con ella, y contigo. No en sí, sino para el
espacio común. Caminando en el bello hilo de la comunicación humana. La verbal,
y la no verbal. Ha abolido el miedo con el que normalmente los humanos
caminamos por el hilo, y no percibe el tiempo. No sabe cuánto hilo seremos
capaces de desenrollar, ni le importa. Y justo esa posición lo hace infinito.
No ha hecho cálculos, no ha puesto líneas. Sólo ha traído consigo un amor
genuino y una exigencia no común; sólo quiere de nosotros lo más preciado: a
nosotros mismos. Ese deseo es, para mi, para nosotros, un tesoro. Porque nos
halaga y nos llena de amor, en el mismo grado. Ha despojado en su existencia
con tanta frecuencia lo superfluo que ha construido un castillo de memorias
inolvidables, extraídas de una infancia muy alejada de un infancia entre
algodones. De la palabra compartida a diario y de una observación minuciosa ha
creado un mundo de detalles innumerables, de emociones, de sentimientos, de
frases, de recuerdos, y de deseos
que nunca suenan frustrantes sino llenos de un cuerpo de realidad sorprendentes
en el que el capricho no tiene lugar. Un juego de luces y sombras con el
contrapunto del silencio de lo que sólo ella sabe; la realidad de la que han
sido hechas. Pero Anita no es sólo ese conjunto de detalles deslumbrantes, esa
algarabía humana. Es también una localización. Bebe del abandono tanto como de una
abuela-palabra, ha hecho del frío una manta y es capaz de convertir en altares
las ruinas. Con todo ello, reconoce a la perfección su exacta posición en el mundo. Al fondo, la sombra del pasado, desenfocado de la manera en la que
ella misma quiere sacar sus fotos.
El pasado como bouqué. Al frente, el brillo de sus mejillas y sus ojos,
como una sierra blanca y nevada capaz de aprovechar el sol que viene, y
devolverlo todo. En Granada, escondida de la vista de los turistas, invisible a
ella, hay una inmensa luminaria llamada Anita. Uno de esos seres preciados que,
muy de vez en cuando, deja el mundo para que se muevan por él, silenciosos, a
la sombra de las grandes catedrales.
domingo, 10 de diciembre de 2017
La Luz de Granada
domingo, 3 de diciembre de 2017
Carta a María Pastor
María, hay algo delicioso en tu
intervención (desde todos los ángulos) en el efecto Shinkansen. Tu personaje es un personaje arquetípico de la
literatura; detrás de todos esos papeles está la idea de Robinson Crusoe,
claro. No todos los personajes de los fragmentos son robinsones, pero ese
personaje María Pastor que además coincide curiosamente con María Pastor, en un
plano más abstracto, si quieres, lo es. Es difícil navegar en esas aguas. Con
esas olas. Muchos no hubieran salido de casa, esperando aguas más mansas. Pero
tú eres como esos hombres de Arán,
“este es tu asunto”. Esa es mi primera enhorabuena. La segunda tiene que ver
con una idea de teatro que no debiéramos menospreciar, y que necesita un
espacio (unas condiciones) particular. Su actualización requiere menos metros.
El horizonte de expectativas de este “lector” de teatro debe ser fiel a una
compañía. A unos actores, a un actriz. Como en el siglo de oro. Recupera esa
tradición y exige un conocimiento. De lo interpetado, pero también de las condiciones
de esa interpretación, lo que nos lleva, ineludiblemente, a un conocimiento de
tu historia (al menos de tu historia con respecto al teatro). Cuando terminó Tres hermanas, después de haber ido a
tres funciones y seguir aún fascinado por los ecos de esa lectura vuestra de
Chejov, fuimos a verte a la Dama del perrito. Al terminar, estuvimos hablando
con tus padres y quisimos ir a saludarte. Tú estabas llorando en el backstage (la lágrima de Masha). Ese llanto sordo
unido al devenir de Guindalera está en la memoria del espectador y añade los
significados necesarios a esa confusión romántica entre personaje y persona que
está en la tensión lectora del Efecto
Shinkansen. Ese teatro sólo es posible en este formato; otras formas de
organizar las compañías, de hacer o vender el teatro, de gestionar las salas,
no permiten estas lecturas, y no permiten, por tanto, este teatro. Es privativo
de esta forma, a pesar de pases tan poco llenos como el del viernes. Así que
tienes (o tenéis) en la mano un teatro único. ¿No es para dar saltos de
alegría? La tercera enhorabuena es personal. Como decía Juan Diego Botto el
otro día refiriéndose a lo que han hecho, sobre todo, las madres de Mayo
reclamando justicia (una justicia mucho más necesaria que la justicia
artística, no lo olvidemos), “lo imposible sólo tarda un poco más”. Esperamos estar cerca para ir viendo como aparece.
Con admiración.
P
sábado, 7 de enero de 2017
EL PARRIZAL DE BECEITE
En la decisión de caminar desde Beceite al Parrizal se encerraba
una contradicción; la que existe siempre entre el que camina y el que visita,
entre el que abre una senda y el que recorre una senda ya marcada, entre el que
busca y el que va al encuentro de algo que espera. Pero era invierno y el
Parrizal, con sus aguas encañonadas, se sumergía en el olvido. Es otra de las
estrategias de lo nuevo, recontextualizar. No sólo el espacio, sino el tiempo.
No sólo el lugar, sino la estación. Las poco atrayentes aguas gélidas del
Parrizal no atraían, en estos días, a turistas. Era miércoles, 4 de enero. El
aparcamiento estaba vacío, los cobradores estarían de vacaciones hasta verano,
y en el cañón sólo encontraríamos sombra. Al atravesar los puentes de madera
que convertían el lugar en una maqueta, los troncos de paso, las pasarelas,
sentimos la torpeza que la humedad, el frío y el miedo, provocan en los que creen
poseer su propio equilibrio. Pisar las aguas heladas, siquiera por un momento,
podría significar renunciar a continuar por el cañón. Pero para eso teníamos las
varas de avellano de Somiedo; las varas de Pieri y Nieves, que, apoyadas sobre
las hamacas de las truchas, nos ayudaban a pasar. Así conseguimos llegar hasta
los Estrechos del Parrizal volando por entre las piedras, saltando de lado a
lado del río. El cañón se erguía como infranqueable acunando unas aguas de un
verde frágil. Un rayo de sol se colaba como un milagro por el cañón. Sobre una
piedra, nos tumbamos a descansar. Yo me dormí, soñando con alas de buitres y
pezuñas de cabra. A nuestra izquierda vimos salir algo que parecía un sendero,
un espacio por donde ascender y rodear el cañón, en busca del otro lado, de la
continuación del río. Trepamos sin cuerdas por entre bosques de boj que
escondían un silencio que nos pareció japonés. De aquel Japón de la penumbra
quedaba todavía el silencio. Cuando conseguimos salir de él, susurrando,
vimos erguirse edificios de piedra, torres y cúpulas modeladas por el agua, por
el hielo, y por el tiempo. Por escaleras de caracol quisimos acariciar su
hechura, y usando cuerdas imaginarias hicimos un rapel de celofán dejándonos
caer por rocas de hasta quince metros, hasta que recuperamos el cañón: habíamos
llegado al otro lado. Avanzamos ligeramente, pero nos atenazó la zozobra de la
ya entrante oscuridad. Entonces sentí la incómoda piedra sobre mi espalda y
abrí los ojos. El cañón seguía ahí, ante nosotros, pero el día empezaba a
enfriarse. Desperté a Getse, cogimos las varas, y volvimos por donde habíamos
venido.
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