Anita tiene quince años y una extraña presencia. Extraña
porque está. Siempre está. Allí, con ella, y contigo. No en sí, sino para el
espacio común. Caminando en el bello hilo de la comunicación humana. La verbal,
y la no verbal. Ha abolido el miedo con el que normalmente los humanos
caminamos por el hilo, y no percibe el tiempo. No sabe cuánto hilo seremos
capaces de desenrollar, ni le importa. Y justo esa posición lo hace infinito.
No ha hecho cálculos, no ha puesto líneas. Sólo ha traído consigo un amor
genuino y una exigencia no común; sólo quiere de nosotros lo más preciado: a
nosotros mismos. Ese deseo es, para mi, para nosotros, un tesoro. Porque nos
halaga y nos llena de amor, en el mismo grado. Ha despojado en su existencia
con tanta frecuencia lo superfluo que ha construido un castillo de memorias
inolvidables, extraídas de una infancia muy alejada de un infancia entre
algodones. De la palabra compartida a diario y de una observación minuciosa ha
creado un mundo de detalles innumerables, de emociones, de sentimientos, de
frases, de recuerdos, y de deseos
que nunca suenan frustrantes sino llenos de un cuerpo de realidad sorprendentes
en el que el capricho no tiene lugar. Un juego de luces y sombras con el
contrapunto del silencio de lo que sólo ella sabe; la realidad de la que han
sido hechas. Pero Anita no es sólo ese conjunto de detalles deslumbrantes, esa
algarabía humana. Es también una localización. Bebe del abandono tanto como de una
abuela-palabra, ha hecho del frío una manta y es capaz de convertir en altares
las ruinas. Con todo ello, reconoce a la perfección su exacta posición en el mundo. Al fondo, la sombra del pasado, desenfocado de la manera en la que
ella misma quiere sacar sus fotos.
El pasado como bouqué. Al frente, el brillo de sus mejillas y sus ojos,
como una sierra blanca y nevada capaz de aprovechar el sol que viene, y
devolverlo todo. En Granada, escondida de la vista de los turistas, invisible a
ella, hay una inmensa luminaria llamada Anita. Uno de esos seres preciados que,
muy de vez en cuando, deja el mundo para que se muevan por él, silenciosos, a
la sombra de las grandes catedrales.
domingo, 10 de diciembre de 2017
La Luz de Granada
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