Desde los tiempos de Stevenson, esos días en los que los humanos creían redescubrir el mundo, acotar sus esquinas, viajar ha seguido la máxima de Cesar Luis Menotti: a saber, el achique de espacios. Con la llegada de los satélites y la virtualidad en imagen (hay otra, aunque no lo parezca, mucho más linda: la de la imaginación) es raro el rincón no hollado por el pie humano (no envenendo por su presencia, debería decir). Así que, una vez reducida la epopeya a espacios del margen y comercializado con éxito el hecho de viajar, a los humanos nos ha quedado imitar a los grandes viajeros intentando alcanzar los extremos (desiertos y hielos) o subir Anapurnas. Pero entre el placer de viajar y el riesgo, debemos encontrar términos medios que no están ya en París, Londres o Roma, ante los cuales se interpone un monstruo de dos cabezas, silencioso: la velocidad y la comodidad. Vuelos directos y hoteles cómodos y centrales, bien comunicados. Acercándonos nos alejamos. Por suerte, existen contados seres casi mitológicos que viven en este mundo (que nadie se equivoque:ni son seres aislados, eremitas, ni son locos) cuya cordura llega a tal grado que no ven la televisión, sino que contemplan la pantalla de lo natural. Uno de esos seres, Patricia Mora, con quien tengo la suerte de compartir un alma, me recogió ayer, temprano, para llevarme a un lugar desconocido. Tras casi seis horas de viaje aterrizamos en Xerac, para comer arroz meloso con rape y cigalas, y poder ver el mar. Ella jugó a Alfonsina con final feliz y yo observé desde el viento de la orilla con la certeza de que mi vista no alcanzaría a verla en el horizonte. Después de este pequeño alto en el camino nos dirigimos a nuestro destino final: la horchatería Daniel, en el centro de Alboraya. Diez horas después de salir de Madrid, con la horchata ya sobre la mesa, los nervios hicieron que Patricia derramara la horchata sobre sí misma, como un bautismo. Era el bautismo de las pequeñas cosas, la recuperación de la ceremonia, la vuelta del espacio sagrado del viaje, el pequeño sorbo que no culmina nada,
la prolongación de un línea. Fue como un Carnaval; invertir los vicios del pensamiento común, invertir la dimensión entre objetivos y fuerzas. Fue como desarticular una frase venenosa: me re ce la pe na y volverla a articular: me me ce la a re na.
Que nadie imagine que esa horchata es una pepita de oro, que nadie imagine que nuestros paladares la distinguen de la que hacen mis vecinos de la calle Alcalá, también valencianos. No, el sabor de aquella horchata está hecho del lento acercamiento de los labios al vaso, de los ángeles que ocuparon nuestros kilómetros, del verde de la mañana, y del deseo acumulado por años. Tanto de eso como de esa materia que une todas las cosas entre ellas y desarticula otras dos grandes falacias: la del tiempo, y la del espacio. Esa materia no tiene nombre, pero está. Fueron mil kilómetros por una horchata. Ha vuelto Stevenson.
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lunes, 3 de mayo de 2010
martes, 20 de octubre de 2009
Maratón de Amsterdam
AMSTERDAM MARATHON. 18 Oct 2009
Pensé que en esta Marathon había algo, ¿por qué quiso Gebressilasie estrenarse en una Marathon así, aquí, en Amsterdam? La ciudad tiene, para mi, algo especial. Sin embargo, más allá de los hechos propios, la carrera me decepcionó totalmente. No participé en la Marathon, sin duda la carrera estrella, con un fenomenal elenco de africanos y un vencedor en 2:06. Impresionante. La organización fue muy buena. Hasta el tiempo amaneció claro y prometiendo un sol que sólo al final nos escondió a nosotros, los corredores de la media, acabando con lluvia para la segunda mitad de los de la media y los últimos de los maratonianos, los que corrieron por encima de cinco horas. ¿Dónde radica la decepción, entonces? En dos puntos claros: el recorrido, y el público. Para un mediomaratoniano como yo, que tuvo que abandonar en el kilómetro 12 por una rotura fibrilar en el gemelo, y luego caminar hasta la asistencia en el 14 (el 35 de los maratonianos), donde no sólo me dieron un masaje, sino dos lindos vasos de Té y un coche que me llevó al estadio, la carrera discurrió por algunas de las zonas más abandonadas de Ámsterdam, en las que no sólo la falta de encanto lo invadía todo, sino que una soledad inmensa lo llenaba. En la mayor parte del recorrido no había nadie. Pero, y esto es lo peor, en las partes donde había gente, cada uno estaba para animar al suyo, si acaso, y una especie de timidez lo invadía todo. El público estaba para ver pasar. Cierto es que me perdí la parte central, la más bonita, pero una cosa no quita la otra. Por allí pasé a pie, de ida para ver la maratón y de vuelta en mi cojeo selectivo, y la cosa no cambiaba mucho. A quinientos metros del final de la maratón, sólo algunos animábamos a los corredores; y diciendo “algunos” creo que incluyo a los que el eco de mis solitarias palmas conseguía atraer. Palmas que, por otra parte, funcionaban de la siguiente guisa: algunas para el primero (supongo que menos de las que merecía un tipo de 2:06), algunas menos para el segundo, menos para el tercero, y para el resto, “mero reguero”, bastaba seguirles con la mirada. ¿No se merece alguien que decide hacer un esfuerzo, algo más? La reflexión tiene más miga de la que aparenta. La comodidad que lo invade todo, el comfort que tanto vende, y las masas volcadas con las estrellas de la banalidad provocan una mirada indiferente hacia aquellos que adquieren el compromiso consigo mismos de negarse a una vida así, de retarse, de ponerse a prueba, de no dejarse vencer por una vida de sofá. El esfuerzo como camino. La superación casi como guía. Una estética que no arranca aplausos. Ví pasar cuerpos de más de setenta años que en mi levantaban no sólo admiración, sino aplausos y sonrisas, que eran abandonados por los “observadores” a la suerte de su cansancio. Me pregunto por las tradiciones de la ciudad. No consigo recordar a ningún gran maratoniano holandés. Y veo que el mensaje de Filipides no ha sido comprendido por los flamencos, o no se ha conseguido hacérselo llegar. Aún recuerdo con nitidez aquella Marathon de Rotterdam del año 1985, a Carlos Lopes con 37 años atravesando las calles repletas en busca de ese 2:07:11 que entonces consideré eterno. Pensé que un día correría en Rotterdam. Luego vino Gebressilasie aquí, y pensé que no sería casualidad, que aquí no habría que envidiar Nueva York, Chicago, Londres o Fukuoka. Pero me equivoqué.
En cuanto a mi, salí a bajar de 1:20, pasé como un reloj en 18:45 en los 5 kilómetros, y en algo menos de 38:00 los 10 kilómetros. Me encontraba bien, descansado, controlando en todo momento el ritmo. En el kilómetro 8 empezó un pinchazo en el gemelo que fue haciéndose cada vez más fuerte. Pensé que, en todo caso, me dejaría terminar. En el kilómetro 12 dijo basta con un zurriagazo que no me hizo dudar. Aquello se había terminado. No hay duda, me digo, que la derrota encierra en sí misma mucha más capacidad poética que la consecución de los logros. Que los retos adquieren su valor en la medida de su dificultad, y que esta se expresa, sin ningún género de dudas, en la medida en que es capaz de generar fracaso. He recobrado el respeto hacia el hecho de bajar de 1:20. Si alguna vez lo consigo, la felicidad será triple. Por lo demás, estoy tranquilo, y si, de algo vale, descansado y sin otro dolor que ese molesto pinchazo en el gemelo izquierdo, que me impide caminar con alegría.
Pensé que en esta Marathon había algo, ¿por qué quiso Gebressilasie estrenarse en una Marathon así, aquí, en Amsterdam? La ciudad tiene, para mi, algo especial. Sin embargo, más allá de los hechos propios, la carrera me decepcionó totalmente. No participé en la Marathon, sin duda la carrera estrella, con un fenomenal elenco de africanos y un vencedor en 2:06. Impresionante. La organización fue muy buena. Hasta el tiempo amaneció claro y prometiendo un sol que sólo al final nos escondió a nosotros, los corredores de la media, acabando con lluvia para la segunda mitad de los de la media y los últimos de los maratonianos, los que corrieron por encima de cinco horas. ¿Dónde radica la decepción, entonces? En dos puntos claros: el recorrido, y el público. Para un mediomaratoniano como yo, que tuvo que abandonar en el kilómetro 12 por una rotura fibrilar en el gemelo, y luego caminar hasta la asistencia en el 14 (el 35 de los maratonianos), donde no sólo me dieron un masaje, sino dos lindos vasos de Té y un coche que me llevó al estadio, la carrera discurrió por algunas de las zonas más abandonadas de Ámsterdam, en las que no sólo la falta de encanto lo invadía todo, sino que una soledad inmensa lo llenaba. En la mayor parte del recorrido no había nadie. Pero, y esto es lo peor, en las partes donde había gente, cada uno estaba para animar al suyo, si acaso, y una especie de timidez lo invadía todo. El público estaba para ver pasar. Cierto es que me perdí la parte central, la más bonita, pero una cosa no quita la otra. Por allí pasé a pie, de ida para ver la maratón y de vuelta en mi cojeo selectivo, y la cosa no cambiaba mucho. A quinientos metros del final de la maratón, sólo algunos animábamos a los corredores; y diciendo “algunos” creo que incluyo a los que el eco de mis solitarias palmas conseguía atraer. Palmas que, por otra parte, funcionaban de la siguiente guisa: algunas para el primero (supongo que menos de las que merecía un tipo de 2:06), algunas menos para el segundo, menos para el tercero, y para el resto, “mero reguero”, bastaba seguirles con la mirada. ¿No se merece alguien que decide hacer un esfuerzo, algo más? La reflexión tiene más miga de la que aparenta. La comodidad que lo invade todo, el comfort que tanto vende, y las masas volcadas con las estrellas de la banalidad provocan una mirada indiferente hacia aquellos que adquieren el compromiso consigo mismos de negarse a una vida así, de retarse, de ponerse a prueba, de no dejarse vencer por una vida de sofá. El esfuerzo como camino. La superación casi como guía. Una estética que no arranca aplausos. Ví pasar cuerpos de más de setenta años que en mi levantaban no sólo admiración, sino aplausos y sonrisas, que eran abandonados por los “observadores” a la suerte de su cansancio. Me pregunto por las tradiciones de la ciudad. No consigo recordar a ningún gran maratoniano holandés. Y veo que el mensaje de Filipides no ha sido comprendido por los flamencos, o no se ha conseguido hacérselo llegar. Aún recuerdo con nitidez aquella Marathon de Rotterdam del año 1985, a Carlos Lopes con 37 años atravesando las calles repletas en busca de ese 2:07:11 que entonces consideré eterno. Pensé que un día correría en Rotterdam. Luego vino Gebressilasie aquí, y pensé que no sería casualidad, que aquí no habría que envidiar Nueva York, Chicago, Londres o Fukuoka. Pero me equivoqué.
En cuanto a mi, salí a bajar de 1:20, pasé como un reloj en 18:45 en los 5 kilómetros, y en algo menos de 38:00 los 10 kilómetros. Me encontraba bien, descansado, controlando en todo momento el ritmo. En el kilómetro 8 empezó un pinchazo en el gemelo que fue haciéndose cada vez más fuerte. Pensé que, en todo caso, me dejaría terminar. En el kilómetro 12 dijo basta con un zurriagazo que no me hizo dudar. Aquello se había terminado. No hay duda, me digo, que la derrota encierra en sí misma mucha más capacidad poética que la consecución de los logros. Que los retos adquieren su valor en la medida de su dificultad, y que esta se expresa, sin ningún género de dudas, en la medida en que es capaz de generar fracaso. He recobrado el respeto hacia el hecho de bajar de 1:20. Si alguna vez lo consigo, la felicidad será triple. Por lo demás, estoy tranquilo, y si, de algo vale, descansado y sin otro dolor que ese molesto pinchazo en el gemelo izquierdo, que me impide caminar con alegría.
lunes, 16 de febrero de 2009
Hamburgo blanco 13/02/09
El Hamburgo Blanco.
Volví a Hamburgo en Febrero del 2009, hacía ya 9 meses desde la última vez, en mayo, cuando se podía ir en kayak por los canales, pasear por Harburguer Park, y coger la bici para cualquier cosa. Desde el cielo, esta vez, todo estaba blanco, blanco y a la vez gris, como si la ciudad no se atreviera del todo a ser blanca blanca, como si una cortina traslucida lo impermiablizara todo. Me recuerda mucho a algo quem e resulta esencialmente alemán, centroeuropeo al menos; las cortinas. Ni dejar ni impedir que la luz pase, ni atreverse ni no atreverse a abrirlo todo hacia fuera. La desconfianza hacia lo exterior. Como la niebla. La ciudad me resulta ya de una familiaridad absoluta, no sólo los rincones que ya me conozco, la rutina del aeropuerto, del Schnell Bus, del metro, las escaleras del Stintfang hacia el Albergue, la retahíla de cosas que uno debe saber cuando vienen a un albergue, cosas ya conocidas, que contadas de nuevo nos permite obtener matices de tono de voz, o enternecernos con el recuerdo. Y ahí está el Landungsbrücke solitario, trsite, abandonado, duro, gris, bello mientras nieva por las mañanas desde la colina. He visto ese puente, ese puerto, en su cumpleaños, a cuarenta grados en Mayo, y he desayunado esta vez viendo nevar y nevar sin parar, he corrido a la orilla del río sin poder pisar otra cosa que nieve y hielo. Y Jungferngstieg, en obras, ya los amantes y los amigos no están para celebraciones exteriores. Es el invierno, como el del Rathaus al que le sobra plaza de puro frío. Todo está más solo, más frío, y a la vez bello y blanco. Me gusta Hamburgo. Es una ciudad que he hecho mía, por la que camino a la vez como extranjero y como algo que le pertenece. Ya he pasado días en Eppendorf, en Landungsbrücke, cerca de Hauptbanhof, en Stadhausbrücke, el barrio portugués ha pasado ya a no atraerme, prefiero las pequeñeces junto a Grossneumarkt, esa plaza sin iluminar que podría ser y más parece una llamada a lo suburbial. Adoro correr por Pflanzen und Blumen, comer en Deichstrasse, esas sopas de invierno, los pescaditos fritos (Stichs?) del Elba en esta época del año, me gusta la amabilidad estructurada de los camareros alemanes, su sorpresa ante la broma, la retórica de los gestos del oficio, siempre del mismo modo, a la vez maravillosa y distante. Nada dejado a su propio curso. Y, aunque resistente, siempre la sonrisa de la camarera ante la tercera broma, ante la insitencia del pájaro crpintero que acaba rompiendo la concha. Me gusta Alemania hasta el punto de no querer vivir nunca allí. Me gusta con la frescura de las amantes, tal y como aparece y desaparece. Me gusta aparecer por Wandalenweg, y desaparecer camino de Ohlsdorf. Me gustan los cursos y el Té. Me gusta ir a dormir temprano, mis pequeños ratos de lectura, mis carreras, y la visita al museo de al lado de Rathaus, donde pude ver más Matisses que en mi vida. Y la música que me hubiera gustado escuchar y no pude. Y el idioma, ese idioma que adoro, y que, a pesar de su fama de dificultoso, no deja de darme alegrías, los pequeños objetivos cumplidos, ir, también como el pájaro carpintero, rompiendo su protección externa, acercandome, poco a poco, a su comprensión. En el curso de Vleeming entendí por fin la introducción, supe lo que debía haber pasado ese Julio ya lejano de 2007, cuando, atónito, no entendí ni una palabra de aquella bienvenida. Qué maravilla ver abrirse a una flor, como el amanecer, ver a esa mujer desprenderse de su máscara, de sus ropajes, romper un huevo, quitar el envoltorio a un regalo, romper el sobre de la carta de un amante o de un amigo, ir viendo al idioma quitarse sus resistencias, dejar sólo la precisión de las palabras, la belleza de los sonidos, dejar que aparezca su forma particular de ver las cosas. Me gusta Alemania, me gusta volver a Alemania.
Volví a Hamburgo en Febrero del 2009, hacía ya 9 meses desde la última vez, en mayo, cuando se podía ir en kayak por los canales, pasear por Harburguer Park, y coger la bici para cualquier cosa. Desde el cielo, esta vez, todo estaba blanco, blanco y a la vez gris, como si la ciudad no se atreviera del todo a ser blanca blanca, como si una cortina traslucida lo impermiablizara todo. Me recuerda mucho a algo quem e resulta esencialmente alemán, centroeuropeo al menos; las cortinas. Ni dejar ni impedir que la luz pase, ni atreverse ni no atreverse a abrirlo todo hacia fuera. La desconfianza hacia lo exterior. Como la niebla. La ciudad me resulta ya de una familiaridad absoluta, no sólo los rincones que ya me conozco, la rutina del aeropuerto, del Schnell Bus, del metro, las escaleras del Stintfang hacia el Albergue, la retahíla de cosas que uno debe saber cuando vienen a un albergue, cosas ya conocidas, que contadas de nuevo nos permite obtener matices de tono de voz, o enternecernos con el recuerdo. Y ahí está el Landungsbrücke solitario, trsite, abandonado, duro, gris, bello mientras nieva por las mañanas desde la colina. He visto ese puente, ese puerto, en su cumpleaños, a cuarenta grados en Mayo, y he desayunado esta vez viendo nevar y nevar sin parar, he corrido a la orilla del río sin poder pisar otra cosa que nieve y hielo. Y Jungferngstieg, en obras, ya los amantes y los amigos no están para celebraciones exteriores. Es el invierno, como el del Rathaus al que le sobra plaza de puro frío. Todo está más solo, más frío, y a la vez bello y blanco. Me gusta Hamburgo. Es una ciudad que he hecho mía, por la que camino a la vez como extranjero y como algo que le pertenece. Ya he pasado días en Eppendorf, en Landungsbrücke, cerca de Hauptbanhof, en Stadhausbrücke, el barrio portugués ha pasado ya a no atraerme, prefiero las pequeñeces junto a Grossneumarkt, esa plaza sin iluminar que podría ser y más parece una llamada a lo suburbial. Adoro correr por Pflanzen und Blumen, comer en Deichstrasse, esas sopas de invierno, los pescaditos fritos (Stichs?) del Elba en esta época del año, me gusta la amabilidad estructurada de los camareros alemanes, su sorpresa ante la broma, la retórica de los gestos del oficio, siempre del mismo modo, a la vez maravillosa y distante. Nada dejado a su propio curso. Y, aunque resistente, siempre la sonrisa de la camarera ante la tercera broma, ante la insitencia del pájaro crpintero que acaba rompiendo la concha. Me gusta Alemania hasta el punto de no querer vivir nunca allí. Me gusta con la frescura de las amantes, tal y como aparece y desaparece. Me gusta aparecer por Wandalenweg, y desaparecer camino de Ohlsdorf. Me gustan los cursos y el Té. Me gusta ir a dormir temprano, mis pequeños ratos de lectura, mis carreras, y la visita al museo de al lado de Rathaus, donde pude ver más Matisses que en mi vida. Y la música que me hubiera gustado escuchar y no pude. Y el idioma, ese idioma que adoro, y que, a pesar de su fama de dificultoso, no deja de darme alegrías, los pequeños objetivos cumplidos, ir, también como el pájaro carpintero, rompiendo su protección externa, acercandome, poco a poco, a su comprensión. En el curso de Vleeming entendí por fin la introducción, supe lo que debía haber pasado ese Julio ya lejano de 2007, cuando, atónito, no entendí ni una palabra de aquella bienvenida. Qué maravilla ver abrirse a una flor, como el amanecer, ver a esa mujer desprenderse de su máscara, de sus ropajes, romper un huevo, quitar el envoltorio a un regalo, romper el sobre de la carta de un amante o de un amigo, ir viendo al idioma quitarse sus resistencias, dejar sólo la precisión de las palabras, la belleza de los sonidos, dejar que aparezca su forma particular de ver las cosas. Me gusta Alemania, me gusta volver a Alemania.
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